En 2024 lanzamos la primera cohorte de Young person’s guide to systems change fellowship con una idea simple: los jóvenes necesitaban un espacio donde reunirse, hacerse preguntas y reflexionar sobre los sistemas que atraviesan sus vidas. Entender cómo funcionan, por qué algunos problemas persisten y, sobre todo, pensar colectivamente cómo imaginar que el mundo funcione de otra manera.
En aquel momento comenzamos con una encuesta para entender qué tanto comprendían las personas jóvenes a los sistemas que habitan. Nos encontramos con mucho conocimiento, pero también con necesidad de ponerle claridad y estructura a los pensamientos que estaban presentes. Así, nació la idea de crear una cohorte de jóvenes que quisieran hablar sobre los fundamentos del pensamiento sistémico. Y de esa cohorte, nació la idea de una Guía. Pronto, sin embargo, descubrimos que el interés por comprender la transformación de sistemas iba mucho más allá de lo que habíamos imaginado.
Empezamos a llevar estas conversaciones a otros espacios de nuestra comunidad, desde nuestro primer centro de la Escuela de Ciudadanía (Santiago del Estero), hasta Nairobi (Kenia) pasando por algunas cohortes en Manila (Filipinas) y en Dhaka (Bangladesh).
En cada nueva experiencia aparecían contextos, problemas y preguntas distintas, pero a la vez parecidos; y siempre una inquietud compartida: chicos y chicas intentando comprender la desigualdad, por qué los desafíos que afectan a sus comunidades parecen repetirse una y otra vez, y qué puede haber debajo de lo que vemos en la superficie.
La transformación de sistemas puede sonar como un concepto complejo y lejano, pero entre todos fuimos desenredando esa complejidad para que se volviera cercana para todos.
Progresivamente, la curiosidad por comprender ideas como las del pensamiento sistémico, los puntos de apalancamiento y las narrativas que subyacen empezó a echar raíces. La semilla estaba plantada y comenzaba a crecer: era momento de encontrar nuevos terrenos donde pudiera convertirse en árbol.
Cuando estar disponible no significa ser accesible
Nuestra experiencia en el centro de Nairobi nos llevó a encontrarnos con una necesidad dentro de la comunidad: Day Africa, una organización que trabaja con jóvenes de Kibera, el barrio vulnerable más grande de África, nos invitó a acercar nuestro programa a chicos y chicas con apetito de aprendizaje y pocas oportunidades.
La realidad, sin embargo, era distinta: cada semana el equipo de Nairobi debía trasladarse para compartir estos conceptos y escuchar las realidades que atraviesa la comunidad. Una de ellas era la vulneración del derecho al acceso digital.
Fue entonces cuando empezamos a repensar qué entendemos por acceso. Teníamos una guía disponible gratuitamente en nuestra página web. Pero ¿qué sucede cuando las personas a las que queremos llegar no tienen un teléfono o una computadora con conexión a internet?
Una verdad se hizo presente con esta experiencia: estar disponible no significa ser accesible.
Trabajar en Kibera significó adaptar también la manera en la que compartíamos estas herramientas. No se trataba de “llevar” a una comunidad el conocimiento sobre sistemas, sino de crear un espacio donde ese conocimiento pudiera encontrarse con nuevos recursos para hacer preguntas, identificar conexiones y explorar las causas detrás de los problemas cotidianos.
Entendimos algo mucho más grande: esos jóvenes ya pensaban de manera sistémica mucho antes de conocer ese concepto; y que las herramientas que compartimos pueden ayudarnos a poner nombres, conexiones y estructuras a esas experiencias. Porque el conocimiento de los sistemas está en quienes los viven todos los días.
A miles de kilómetros, un obstáculo diferente
Mientras estas conversaciones crecían en Nairobi, algo más estaba sucediendo: organizaciones y comunidades de Latinoamérica empezaron a conocer lo que estábamos haciendo y a preguntarnos cómo podían sumar a jóvenes de sus países.
Nuevamente había interés y recursos disponibles, pero esta vez el límite era otro: el idioma.
El fellowship estaba abierto a jóvenes de diferentes partes del mundo y la guía se ofrecía sin costo; sin embargo, ambos habían sido creados en inglés.
Esto nos devolvió a la misma pregunta que había surgido en un contexto completamente distinto: ¿quién puede realmente llegar a las herramientas para comprender y transformar los sistemas que lo rodean?
En Kibera, el acceso podía depender de tener un dispositivo o una conexión a internet. En Latinoamérica, dependedía de hablar inglés. Con obstáculos diferentes, las preguntas seguían siendo las mismas.
¿En qué idioma pensamos el cambio?
Traducir la Young person’s guide to systems change al español (Guía para jóvenes hacia la transformación de sistemas) fue una de nuestras respuestas, y entendemos que esto es solo el comienzo de una nueva etapa en nuestro recorrido.
Si hablamos de transformación de sistemas, tenemos que estar dispuestos a aplicar algunas de sus preguntas a nuestro propio trabajo.
¿Quién puede llegar a lo que creamos? ¿Qué supuestos hacemos sobre las personas que van a usar nuestros recursos? ¿A quién podríamos estar dejando afuera sin darnos cuenta? ¿Qué se interpone entre una herramienta y las personas que podrían encontrarla útil?
Es fácil pensar que un recurso gratuito y disponible online es un recurso accesible. Sin embargo, nuestra experiencia nos enseña que el acceso es mucho más complejo, y que depende del idioma, la tecnología, el contexto, la manera en que explicamos determinados conceptos, o incluso de si las personas sienten que esos espacios y esas conversaciones también les pertenecen.
La transformación de sistemas comienza con el acceso
La Young person’s guide to systems change nació como una experiencia para acompañar a los jóvenes a comprender los sistemas que atraviesan sus vidas. Desde entonces, ellos también nos ayudaron a comprender algo a nosotros: que un recurso disponible es solo el punto de partida.
Hacerlo accesible implica escuchar, adaptarse y reconocer que lo que funciona en un contexto puede no funcionar en otro. Implica encontrarse con obstáculos que quizás no habíamos previsto, y estar dispuestos a cambiar la manera de trabajar cuando aparecen.
Llevar estos recursos a Kibera, crear una guía en español y abrir un espacio de aprendizaje para jóvenes hispanohablantes son pasos en ese camino. No son la meta. La accesibilidad no es algo que se resuelva una vez y quede terminado. Es una pregunta que debemos seguir haciéndonos. Siempre.
Si queremos que cada vez más jóvenes participen en imaginar y reconstruir sistemas diferentes, quizás tengamos que comenzar por lo fundamental: asegurarnos de que tengan acceso a la conversación.
(*) Read the English version of this blog HERE.

